Esto es el agua: algunas reflexiones compartidas en una ocasión señalada sobre la idea de vivir una vida compasiva (de David Foster Wallace)

[En 2005 David Foster Wallace pronunció estas palabras como un discurso en la ceremonia de graduación de los alumnos del Kenyon College. Uno de ellos lo grabó, transcribió y publicó online, y el texto, conocido simplemente como el “Kenyon Commencement Speech”, estuvo mucho tiempo circulando por la Red. En 2009 la editorial Little, Brown, lo publicó en un pequeño volumen con el título de This Is Water.
En diciembre de 2010, unos cuantos amigos preparamos una edición de fans en castellano para regalar esas navidades a la familia y amigos y muy pronto nos quedamos sin ejemplares. Es el regalo más chulo y más gustoso que he hecho jamás. El que va debajo es el texto de esa traducción. Es un texto que habla de la potencia de la empatía como herramienta de transformación personal-social, de la importancia de ser capaz de pensar por encima de la situación de una, y de la vieja idea ilustrada de pensar crítica y conscientemente contra el pre-juicio. Creo que debería haber un librito como este en cada uno de los pupitres de las escuelas y en cada uno de los escaños del Congreso de los Diputados.
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TIW

Esto es el agua: algunas reflexiones compartidas en una ocasión señalada sobre la idea de vivir una vida compasiva
David Foster Wallace

Van dos peces nadando por el mar y se encuentran con un pez más viejo que viene nadando en dirección contraria. El pez mayor los saluda y les dice, «Buenos días, chicos. ¿Qué tal está el agua?».

Los dos peces jóvenes siguen nadando y al cabo de un rato uno de ellos mira al otro y le pregunta, «¿Qué demonios es el agua?».

En Estados Unidos, este es un requisito estándar de todos los discursos de graduación, el uso de pequeñas historias didácticas de estilo más o menos parabólico. Al final, este recurso de la historia resulta ser una de las mejores convenciones del género, de las menos embusteras…, pero si os preocupa que mi plan sea presentarme aquí como el pez viejo y sabio que viene a explicar a los peces jóvenes lo que es el agua, por favor, no temáis.

Yo no soy el pez viejo y sabio.

La enseñanza más urgente de la historia de los peces es, simplemente, que los aspectos de la realidad que resultan más obvios, más ubicuos e importantes, a menudo son los más difíciles de ver y de los que más cuesta hablar.

Por supuesto, formulado como una oración en nuestro idioma esto no es más que un lugar común sin demasiada enjundia, pero lo cierto es que, en las trincheras de un día sí y otro también que conforman la vida adulta, los lugares comunes sin demasiada enjundia pueden ser de una importancia capital.

O al menos es lo que me gustaría plantearos esta mañana tan apacible y sin rastro de lluvia.

Naturalmente, el requisito principal para este tipo de discursos es que uno os hable del sentido de vuestros estudios en humanidades, que intente explicaros por qué la licenciatura que estáis a punto de recibir tiene un valor humano real, no es sólo un título con el que conseguir una retribución material. Así que hablemos del tópico más extendido en el género de los discursos de graduación, el de que el sentido de una carrera en humanidades no es tanto colmar de conocimientos a los estudiantes como «enseñarles a pensar».

Si os parecéis a mí cuando era estudiante, esto es algo que nunca os ha gustado oír y hasta tendéis a sentiros un poco insultados por esa insinuación de que necesitabais a alguien que os enseñara a pensar, sobre todo cuando el hecho de haber sido admitidos en una universidad tan buena como esta ya debería haber dejado claro que sabéis pensar. Pero dejadme que os diga que este tópico sobre las humanidades termina por no ser insultante en absoluto, porque la educación verdaderamente importante que uno debería recibir en un sitio como este en realidad no tiene tanto que ver con la capacidad para pensar, sino más bien con saber elegir sobre qué cosas piensa.

Si a la hora de escoger los asuntos sobre los que pensáis, vuestra libertad de elección os parece demasiado evidente como para que merezca la pena perder el tiempo hablando de ello, yo os pediría que pensarais un poco en los peces y el agua y que aparcarais por un momento vuestro escepticismo con respecto al valor de las cosas que parecen muy evidentes.

Aquí va otra historia didáctica.

Esto son dos tíos sentados en un bar en la remota y salvaje Alaska. Uno de ellos es religioso y el otro ateo. Los dos están discutiendo sobre la existencia de Dios con el típico entusiasmo que sobreviene más o menos a la cuarta cerveza. El ateo va y dice, «Mira, no es que yo no tenga razones concretas para no creer en Dios. No es que no haya experimentado con el tema ni le haya rezado nunca a Dios. Justamente el mes pasado me pilló una tormenta horrorosa lejos del campamento. No conseguía ver nada y acabé perdidísimo, a cuarenta bajo cero, así que lo intenté: hinqué las rodillas en la nieve y grité: “¡Dios, si es que hay un Dios, estoy perdido en medio de esta tormenta y si no me ayudas voy a morir!”».

Y entonces el otro tipo del bar, el creyente, se le queda mirando extrañado. «Pues ahora deberías creer», le dice, «si al fin y al cabo estás aquí y estás vivo».

El ateo pone cara de exasperación, como incrédulo ante la simpleza del creyente. «No, hombre, lo que pasó fue que aparecieron dos esquimales que estaban por allí y me llevaron de vuelta al campamento.»

Esta historia se presta al análisis típico de las carreras de humanidades: la misma experiencia puede significar dos cosas totalmente distintas para dos personas diferentes, dadas las diferencias entre los respectivos sistemas de creencias de esas dos personas y sus respectivas formas de construir significado a partir de la experiencia. Como valoramos mucho la tolerancia y la diversidad de creencias, en nuestro análisis no vamos a querer afirmar que la interpretación de uno de los dos tipos sea la buena y la del otro la mala o la incorrecta. Lo cual está muy bien, si no fuera porque terminamos por no hablar nunca del origen de los sistemas de creencias de esos dos tipos o, por decirlo de otra manera, nunca nos preguntamos de dónde les salen.

Como si la disposición más básica con respecto al mundo y el significado que cada uno extrae de la experiencia viniesen automáticamente predeterminados, como su altura o su talla de zapato, o como si los absorbiera de la cultura, igual que ocurre con el lenguaje. Como si nuestra forma de ir construyendo significados no fuera una cuestión de elección personal, deliberada, una decisión consciente.

Y luego está el tema de la arrogancia.

El tipo que es ateo está absolutamente, descolladamente convencido de que la aparición de aquellos esquimales no tuvo nada que ver con el hecho de que él le rezara a Dios para pedir ayuda.

Y, por supuesto, también es cierto que hay muchos creyentes que resultan muy arrogantes, de tan seguros que están de sus interpretaciones. Estos probablemente sean incluso más desagradables que los ateos, al menos para muchos de los que estamos aquí, pero en realidad el problema de los dogmatistas religiosos es el mismo que el del ateo de la historia: su arrogancia, su certeza tan ciega, una cerrazón de mente que supone un encarcelamiento tan absoluto que el prisionero ni siquiera se da cuenta de que está encerrado.

A lo que voy es a que creo que esto es, en parte, lo que en realidad debe de querer decir esa cantinela sobre las carreras de letras, la de que «te enseñan a pensar»: quiere decir enseñarle a uno a ser un poco menos arrogante, a tener «conciencia crítica» sobre sí mismo y sobre las certezas que alberga… porque ocurre demasiado a menudo que, con un porcentaje altísimo de las certezas automáticas que suelo tener, al final resulta que estoy completamente equivocado o engañado. Y esto es algo que a mí me tocó aprender por las malas, como me temo que os pasará a vosotros también.

Ahí va un ejemplo de los completamente equivocado que estoy con una de esas certezas automáticas que suelo albergar. Todo lo que va dando forma a mi experiencia más inmediata me ayuda a mantener mi convicción profunda de que soy el centro del universo, la persona más real, más vívida y más importante que existe.

Rara vez nos paramos a pensar en este egocentrismo tan básico y más o menos natural, porque como sociedad nos resulta repugnante, pero lo cierto es que muy en el fondo todos los compartimos. Es nuestra configuración por defecto, predeterminada en nuestros circuitos al nacer. Pensad en ello: no hay una sola experiencia que hayáis tenido de la que no fuerais los protagonistas absolutos.

El mundo, tal y como lo experimentáis, siempre está ahí ante cada uno de vosotros, o detrás, o a vuestra izquierda o derecha, en vuestra tele, en vuestra pantalla de ordenador, donde sea. Lo que piensan o sienten los demás es algo que se os tiene que comunicar de alguna manera, pero lo que pensáis o sentís vosotros es tan inmediato, tan urgente, tan real

Veis más o menos a dónde quiero llegar.

Pero por favor no temáis que me esté preparando el terreno para sermonearos sobre la compasión o sobre la importancia de tener en cuenta a los demás, o sobre eso que llaman «virtudes». No estoy hablando de nada que tenga que ver con la virtud, sino de que uno elija llevar a cabo la tarea de liberarse de su configuración natural y predeterminada, que no es otra que la de estar profunda y literalmente centrado en uno mismo y en ver e interpretarlo todo a través de la lente del yo.

A la gente que es capaz de reajustar su disposición, su configuración natural y predeterminada, y de dejar de estar tan centrada en su propia realidad a menudo se la describe como «bien dispuesta», lo cual yo os aseguro que no es una casualidad terminológica.

Dado el carácter académico de este acto, cabría preguntarse hasta qué punto esta tarea de reajustar nuestra configuración por defecto tiene que ver con el conocimiento o el desarrollo intelectual. La respuesta, que a estas alturas no debe de resultar demasiado sorprendente, es que depende del tipo de conocimiento del que estemos hablando.

El mayor peligro de cursar estudios superiores probablemente sea, o al menos lo fue en mi caso, que estos acentúan mi tendencia a intelectualizarlo todo por demás, a perderme en pensamientos abstractos en lugar de limitarme a prestar atención a lo que ocurre delante de mí. En lugar de prestar atención a lo que ocurre dentro de mí.

Estoy seguro de que a estas alturas ya sabéis que es extremadamente difícil permanecer alerta y atento y no dejarse hipnotizar por el monólogo constante que uno siempre escucha en su cabeza. Lo que no sabéis todavía es todo lo que está en juego y que de verdad depende de ese esfuerzo. En los veinte años que han pasado desde mi graduación, poco a poco he ido aprendiendo qué era lo que estaba en juego y he comprendido que ese tópico sobre las carreras en humanidades, el de que sirven para «enseñarte a pensar», en realidad se queda corto ante el peso de una verdad tan profunda y fundamental.

«Aprender a pensar» en realidad significa aprender a desarrollar cierto control sobre cómo y qué se piensa.

Significa ser consciente y estar lo suficientemente atento como para elegir a qué cosas prestar atención y elegir cómo uno construye significado a partir de la experiencia.

Porque si en su vida adulta uno no puede o no está dispuesto a ejercitar esa clase de elección, está totalmente vendido. Pensad en el viejo tópico según el cual «la mente es un siervo excelente pero un amo lamentable».

Como muchos tópicos, a primera vista parece muy simple y trivial, pero en el fondo expresa una gran verdad, una verdad terrible. No es ni mucho menos casual que los adultos que se suicidan con armas de fuego casi siempre se disparen… en la cabeza.

Y lo cierto es que la mayor parte de estos suicidas ya llevaban muertos mucho tiempo antes de apretar el gatillo.

Y yo mantengo que esto es en lo que debería consistir el valor real, sin patrañas, de las carreras en humanidades: en saber cómo no acabar transitando por nuestra cómoda, próspera y respetable vida adulta de manera inconsciente, muertos, como esclavos de nuestras propias cabezas y nuestras respectivas configuraciones por defecto, esas que nos llevan a sentirnos singular, completa y soberanamente solos, un día sí y otro también.

Esto puede parecer hiperbólico, o un sinsentido abstracto. Así que concretemos.

El hecho incontrovertible es que vosotros que ahora os licenciáis todavía no tenéis ni la menor idea de lo que en realidad significa la expresión «un día sí y otro también». Resulta que hay partes enormes de la vida adulta occidental de las que nadie habla en los discursos de graduación. En una de esas partes abundan el aburrimiento, la rutina y las pequeñas frustraciones de todos los días.

Los padres y las personas de cierta edad aquí presentes sabrán muy bien a lo que me refiero.

Por poner un ejemplo, digamos que es un día cualquiera de tu vida adulta, te levantas por la mañana, te vas al trabajo de profesional cualificado para el que te has formado en la universidad y trabajas duro durante nueve o diez horas. Al final del día estás cansado y cargado de tensión y lo único que te apetece es irte a casa y cenar bien y como mucho relajarte un poco y desconectar un par de horas antes de meterte en el sobre, y es que al día siguiente tienes que levantarte otra vez para hacer exactamente lo mismo.

Pero de repente te acuerdas de que en casa no hay comida —el trabajo te exige mucho y en toda la semana no has tenido tiempo de hacer la compra—, así que al salir te va a tocar coger el coche y acercarte al supermercado.

Es hora punta y hay muchísimo tráfico, por eso tardas en llegar mucho más de lo que deberías. Cuando por fin llegas el súper está abarrotado. Por supuesto, es la hora a la que toda la gente que trabaja aprovecha para hacer la compra y el súper tiene esa luz fluorescente espantosa y suena un musicón completamente descorazonador, o pop prefabricado, y en conjunto es el último sitio al que irías ahora mismo si pudieras elegir, pero tampoco tiene pinta de que vaya a ser cuestión de entrar y salir. Para encontrar lo que buscas te va a tocar recorrer enteros los pasillos de ese local enorme y excesivamente iluminado, y tienes que ir maniobrando con el carro desvencijado por entre toda esa gente cansada y con prisas que también va con carro, y por supuesto también están las personas mayores que avanzan a la velocidad de los glaciares y la gente corpulenta y los niños hiperactivos, todos juntos bloqueando los pasillos a la vez, y no te queda otra que apretar los dientes para intentar ser educado al pedirles por favor que te abran paso y al cabo, finalmente, reúnes todo lo que te hace falta para la cena, claro que después resulta que no hay suficientes cajas abiertas, por mucho que sea el momento de máxima afluencia, el del final de la jornada, con que encima la cola de la caja es increíblemente larga. Lo cual resulta estúpido y exasperante, pero tampoco es que puedas volcar tu exasperación sobre la apuradísima cajera, que está explotada en un trabajo cuya ración diaria de tedio y falta de sentido ulterior se escapan a la imaginación de cualquiera de los que estamos aquí hoy en esta prestigiosa universidad…

El caso es que por fin llegas a la caja y pagas la comida y esperas a que te den el recibo y a que la máquina valide tu tarjeta, y después escuchas un «que tenga un buen día» de una voz que es la voz de la mismísima muerte.

Y después tienes que coger esas bolsas malísimas de plástico extrafino y meterlas de nuevo en el carro con la rueda rebelde que se empeña en tirar de él hacia la izquierda y tienes que salir empujándolo hasta el aparcamiento, que está petado y lleno de baches y de basura, para tratar de colocar las bolsas en el coche de tal manera que luego no se salgan las cosas y caigan rodando por el maletero de camino a casa. Y después te queda hacer el trayecto en coche con el tráfico denso y pesado de hora punta, repleto de todoterrenos, etcétera, etcétera.

Todos los aquí presentes habéis vivido esta escena alguna vez, pero los que ahora os licenciáis aún no la tenéis incorporada a vuestra rutina vital, día tras semana tras mes tras año. Pero la tendréis, esta y muchas otras rutinas pesadas y deprimentes que os darán la impresión de no tener ningún sentido…

Solo que esa no es la cuestión.

La cuestión es que es justamente en todas estas cosas que frustran y dan bajón donde entra en juego esa tarea de saber elegir. Porque los atascos y los pasillos abarrotados y las colas largas en las cajas me dan bastante tiempo para pensar, y si no tomo una decisión consciente sobre qué pensar y a qué prestar atención, cada vez que me toque ir a hacer la compra me voy a cabrear y a deprimir, porque mi configuración natural y predeterminada establece que ese tipo de situaciones tiene que ver solo conmigo, con el hambre que tengo y lo cansado que estoy y las ganas que tengo de llegar a casa, y me va a dar la sensación, precisamente, de que todos los demás siempre están en medio, en mi camino, ¿y quién cojones son todas esas personas que se meten siempre en mi camino?

Y me fijo en lo desagradables que resultan casi todos y en la pinta tan estúpida y gregaria que tienen esperando en la cola y en la falta de vida que transmiten sus ojos. Son como ganado, no parecen humanos. O también en lo pesada y maleducada que es la gente, hablando a voces por el móvil en mitad de la cola, y en la injusticia tan profunda que es llevar trabajando a dolor todo el día y estar hambriento y cansado y no poder ni tan siquiera llegar a mi casa a descansar, por culpa de estos imbéciles.

O bien, por supuesto, si mi configuración por defecto de formación en humanidades está ajustada a un modo de mayor conciencia social, puedo pasarme este rato de atasco furioso y asqueado al ver esos enormes todoterrenos y Hummers y esas camionetas de doce cilindros en v que atascan los carriles y consumen esos depósitos de 150 litros tan egoístas, tan contaminantes, y puedo regodearme en el hecho de que las pegatinas de contenido patriótico o religioso siempre suelen decorar los parachoques de los vehículos más grandes y con menos aprecio por el medioambiente, en cuyo interior siempre están los conductores más agresivos y desconsiderados, que normalmente van hablando por el móvil mientras le cortan el paso a la gente para avanzar seis míseros metros en el atasco, y puedo ponerme a pensar que los hijos de nuestros hijos nos van a odiar por haber consumido todo el petróleo del futuro y también, probablemente, por haber jodido el clima, y me puedo obsesionar con la noción de lo consentidos y lo idiotas que somos, y en el bajón que da y en no sé cuántas cosas más…

Mirad, si uno elige pensar las cosas así, pues muy bien, nos pasa a muchos, lo que ocurre es que esa manera de pensar aparece con tanta facilidad, o es tan automática, que ni siquiera tiene por qué ser fruto de una elección.

Pensar de esa forma es algo que más bien viene determinado por mi configuración por defecto. Es el modo automático e inconsciente en que reacciono a las partes aburridas, frustrantes o agobiantes de la vida adulta cuando opera en mí el convencimiento automático e inconsciente de que soy el centro del universo, de que mis necesidades y sentimientos más inmediatos son lo que tiene que determinar las prioridades del mundo.

La cuestión es que, obviamente, hay otras formas de pensar sobre ese tipo de situaciones.

En ese atasco, entre todos esos coches parados que obstruyen mi camino, tampoco es imposible que alguno de los dueños de los todoterrenos haya tenido alguna vez un accidente grave, ni que por eso ahora le resulte traumático conducir, ni que su psicoterapeuta le haya poco menos que ordenado que se compre un todoterreno enorme y robustísimo para así poder sentirse lo suficientemente seguro al volante; ni que el Hummer que me acaba de cortar el paso lo conduzca un padre cuyo hijo pequeño, sentado a su lado, tal vez esté herido o enfermo, ni que por eso tenga que llegar lo antes posible a un hospital, ni que por ende sus prisas sean mucho más acuciantes y estén más justificadas que las mías.

Puede que de hecho sea yo el que está en su camino.

O también puedo optar por considerar la posibilidad de que todas las personas que forman la cola de la caja estén igual de importunadas y aburridas que yo, y de que algunas de ellas seguramente tengan vidas que en conjunto resulten mucho más duras, tediosas y desagradables que la mía.

Etcétera, etcétera.

Insisto en que por favor no penséis que os estoy dando un consejo de carácter moral, ni que estoy diciendo que «deberíais» pensar de este modo, ni que nadie esté esperando que os pongáis directamente a ello, porque lo cierto es que no es fácil, porque exige voluntad y esfuerzo mental, y si os parecéis en algo a mí algunos días simplemente no vais a ser capaces, o más bien no os va a dar la gana y punto.

Pero la mayor parte de los días, si estáis lo suficientemente atentos como para permitiros elegir, podréis escoger la opción de mirar de otra forma a esa señora gorda con demasiado maquillaje y ojos de muerta que acaba de soltarle un grito a su hijo en la cola de la caja. A lo mejor resulta que no es así habitualmente; a lo mejor lleva tres noches seguidas sin dormir porque ha estado cuidando de su marido, que se está muriendo de cáncer de huesos, o a lo mejor esta misma señora es la empleada mal pagada de la oficina de Tráfico que justo ayer ayudó a tu pareja a resolver un trámite infernal con un simple gesto de generosidad burocrática.

Por supuesto, nada de esto es muy probable, pero tampoco es imposible. Simplemente depende de lo que uno quiera plantearse.

Cuando vuestra reacción a todas las cosas sea automática y estéis muy seguros de saber cómo es la realidad y quién y qué cosas son de verdad importantes —cuando queráis funcionar con vuestra configuración por defecto—, os pasará como a mí, y seguramente no querréis pararos a considerar las posibilidades que no sean enervantes. Pero si de verdad habéis aprendido a pensar, a prestar atención, entonces sabréis que también podéis elegir otras opciones.

Será elección vuestra tomaros una de esas situaciones de consumidor agraviado y atrapado en una situación infernal, agobiante, sofocante e interminable, no solo como una experiencia con sentido, sino también como algo sagrado, encendido por la misma fuerza que iluminó las estrellas: la compasión, el amor, la unidad que subyace entre todas las cosas.

Claro que el rollo místico tampoco tiene por qué ser necesariamente cierto.

Lo único que es Verdad, con V mayúscula, es que podéis decidir cómo vais a querer verlo.

Esto que os planteo es la libertad que os da la educación de verdad, la de aprender a estar bien dispuesto: la capacidad para decidir de forma consciente qué realidades significan cosas y cuáles no.

La posibilidad de elegir a qué rendís culto… Porque os digo otra cosa que también es verdad. En las trincheras de un día sí y otro también que conforman la vida adulta, el ateísmo en realidad no existe.

En realidad no existe la posibilidad de no rendir culto.

Todo el mundo rinde culto a algo. Lo único que podemos elegir es a qué.

Y una razón de peso para elegir adorar a algún tipo de dios o a cualquier clase de ente espiritual —ya seaJ.C. o Alá, Yavé, la Diosa Madre Wicca, las cuatro nobles verdades o cualquier repertorio inquebrantable de principios éticos— es que está bastante claro que cualquier otra cosa a la que rindas culto acabará comiéndote vivo.

Si rindes culto al dinero y a los bienes materiales —si es de ahí de dónde extraes verdadero sentido en la vida— nunca conseguirás tener suficiente. Nunca estarás satisfecho con lo que hayas conseguido reunir. Es la pura verdad.

Rinde culto a tu propio cuerpo, o a la belleza o al atractivo físico, y siempre te sentirás feo. Y cuando vaya pasando el tiempo y se te empiece a notar la edad, morirás un millón de veces antes de que te entierren.

Hay cierto nivel en el que todos tenemos esto muy bien aprendido; está codificado en forma de mitos, proverbios, tópicos, lugares comunes, epigramas, parábolas: es lo que vertebra todas las grandes historias. El truco consiste en mantener la verdad siempre a la vista en nuestra conciencia, todos los días.

Rinde culto al poder; te sentirás débil y tendrás miedo y necesitarás ejercer cada vez mayor poder sobre los demás para mantener a raya la inseguridad.

Rinde culto a tu capacidad intelectual, a que los demás te consideren inteligente; acabarás sintiéndote un estúpido y un impostor, siempre a riesgo de ser descubierto.

Etcétera, etcétera.

Mirad, lo más dañino de estos cultos no es que sean malignos o pecaminosos, sino que son inconscientes. Son configuraciones por defecto. Son de esa clase de doctrinas en las que uno va cayendo lentamente, cada día un poco, y por las que va volviéndose cada vez más mirado con respecto a lo que ve y a cómo mide el valor de las cosas, sin llegar nunca a ser del todo consciente de lo que está haciendo en realidad.

Y eso que llaman «mundo real» no nos va a disuadir de seguir operando con nuestra configuración predeterminada por defecto, porque ese «mundo real» de hombres, dinero y poder avanza como la seda cuando lo propulsa un carburante compuesto de miedo y desprecio y frustración y de anhelos y del culto al yo.

La cultura en la que vivimos se ha aferrado a estas fuerzas de tal forma que nos ha procurado extraordinarias riquezas y comodidades y una gran libertad personal. La libertad de cada uno de nosotros para ser el señor de su diminuto reino del tamaño de un cráneo, a solas en el mismísimo centro de toda la creación.

Hay una gran campaña montada a favor de esta clase de libertad.

Pero evidentemente también hay otras clases de libertad, y de la más preciada de todas no vais a oír hablar demasiado en ese mundo en el que se gana y se consigne y se ostenta. La libertad que de verdad importa requiere atención y concienciación y disciplina y esfuerzo y ser de verdad capaz de interesarse por otras personas y de sacrificarse por ellas, una y mil veces, en miles de pequeñas formas que no tienen nada de atractivas, todos los días.

Esa es la verdadera libertad.

Eso es haber aprendido a pensar.

La otra opción es la inconsciencia, la configuración por defecto, la ley de la selva; la sensación constante y machacona de haber tenido y haber perdido algo infinito.

Sé que todo esto seguramente no sea de gran inspiración ni suene muy divertido ni alegre, que es como se supone que en general debería sonar un discurso de graduación. A lo que sí suena, hasta donde yo puedo advertir, es a la verdad, despojada de la dosis habitual de palabrería retórica.

Obviamente, podéis pensar de ello lo que queráis. Pero por favor no lo rechacéis de plano como si fuera un sermón de esos de dedo instigador de la doctora Laura[1]. Nada de esto tiene nada que ver con cuestiones morales, con la religión, ni con dogmas ni con las grandes preguntas sobre lo que hay después de la muerte. La Verdad con V mayúscula tiene que ver con la vida antes de la muerte.

Tiene que ver con ser capaz de llegar a los treinta, o a lo mejor incluso a los cincuenta, sin querer pegarte un tiro en la cabeza.

Tiene que ver con el verdadero valor de la verdadera educación, una que no va de notas ni de obtener títulos y sí simplemente de estar atento, atento a lo que de verdad es muy real y fundamental, a lo que está tan escondido, incluso a la vista de todos, que tenemos que seguir recordándonos una y otra vez:

«Esto es el agua.»
«Esto es el agua.»

«Puede que aquellos esquimales sí que fueran algo más de lo que parecían.»

Es indeciblemente complicado conseguir hacer algo así; conseguir vivir de forma consciente, adulta, un día sí y otro también.

Lo cual quiere decir que hay otro tópico que también es cierto: la educación de uno es, efectivamente, el trabajo de toda una vida, y empieza… ahora.

Os deseo mucho más que suerte.

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[1] La doctora Laura Schlessinger (Nueva York, 1947) es una periodista radiofónica estadounidense. Su programa, un consultorio en el que da consejos a sus oyentes, ha sido uno de los de mayor audiencia durante las dos últimas décadas. Según su propia web, en su espacio la doctora se dedica a «predicar enseñar y dar la matraca sobre valores humanos y temas éticos y morales». (N. del T.)

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