“El año de David Foster Wallace” o “DFW, DT y yo”, por Matt Bucher

[AVISO: El artículo de Matt Bucher sobre la biografía de David Foster Wallace empieza tres párrafos más abajo. Lo que cuentan estos tres párrafos es por qué el artículo (y la biografía, ya de paso) me parecen interesantes a mí. Cosa que puede que a ti —si no has caído aquí por casualidad, sino en busca del artículo de Bucher y eres una persona ocupada y quieres ir al grano no te interese nada y, por tanto, prefieras saltarte los tres párrafos. Es fácil, están en gris y en cursiva.]
[Matt Bucher escribió este artículo (que no es una reseña) para la serie
The Year of David Foster Wallace que Fiction Advocate publicó entre finales de 2012 y principios de 2013. Lo que Bucher define como el “mogollón” de actividad en torno a Wallace y los Wallace Studies que se dejó sentir en el mundo anglosajón en 2012 tuvo también su pequeña réplica en España durante el cambio de año. A finales de 2012 la editorial Pálido Fuego publicó el imprescindible volumen de Conversaciones con David Foster Wallace y se armó la marimorena. A principios de 2013, The Broom of the System, la primera novela de Wallace, apareció por fin en castellano y catalán gracias a las editoriales Pálido Fuego (La escoba del sistema) y Periscopi (L’escombra del sistema) y, meses más tarde, RBA Libros se atrevió con Todo y más. Una breve historia del infinito, el libro al que DFW en su día se había terminado refiriendo como “el maldito libro de matemáticas”.
Entre otoño de 2012 y primavera de 2013 no hubo suplemento de diario ni publicación cultural que se precie que no dedicara algún artículo a David Foster Wallace. Lo sé porque mis amigos, familia y conocidos se encargaron de enviármelos todos. Recibí links y archivos jpg y pdf por mail, por whatsapp, por Facebook, por Twitter… Recibí recortes de periódicos (muy) locales. Durante unos meses veías a David Foster Wallace por todas partes. Y, cuando lo veían, mis amigos se acordaban de mí. Y las dos cosas me parecían muy bien. Y ahora resulta que todavía nos quedan algunos meses y unas cuantas buenas excusas para seguir haciendo de 2013 el año de David Foster Wallace. Mondadori publica esta semana la colección de ensayos En cuerpo y en lo otro y la editorial Debate, Todas las historias de amor son historias de fantasmas, la biografía de Wallace escrita por D. T. Max que es, en realidad, el libro que nos trae a este post. Así que volvamos con Matt Bucher.
Matt Bucher es uno de los mayores wallaceólogos con los que se puede compartir fandom. Es el administrador de wallace-I, la lista de correo sobre David Foster Wallace, fue el editor del libro Elegant Complexity: A Study of David Foster Wallace’s Infinite Jest, escrito por Greg Carlisle, y ha colaborado con D. T. Max en la fase de documentación de la biografía de Wallace. En este artículo (que NO es una reseña) habla sobre su implicación en ese proceso y sobre los elementos de valor que para alguien como él —alguien para quien las obras de David Foster Wallace desempeñan un papel fundamental en el aprendizaje de “en qué consiste ser un puto ser humano”[1] y que por tanto vive con Wallace incrustado en la memoria emocional— podría tener esta biografía. Bucher señala que no es una biografía académica ni un libro de crítica literaria, y está claro que no lo es, pero aporta información sobre la obra y la carrera literaria de Wallace que hasta la fecha no ha abordado de forma tan sistemática ni extensiva ninguna otra publicación en castellano. Tampoco es una biografía chismosa ni cotilla aunque desvele algunos detalles íntimos de Wallace que una quizás preferiría seguir ignorando. No es una biografía morbosa, escapa tanto de la fascinación del malditismo como del embaucamiento romántico y se aproxima a la depresión que Wallace padeció durante casi toda su vida con una mirada entre la descripción clínica y la empatía común. No es una biografía mitificadora. Gracias a dios, no es una biografía mitificadora. Lo mejor que cualquier libro de este tipo podría hacer por Wallace, por sus fans y por la cultura occidental es acabar con el mito personal del artista y enseñarnos lo que significaba de verdad para él ser “un puto ser humano”.] 

DFW, D. T., Y YO
por Matt Bucher

I. Hablemos del año de David Foster Wallace

P. ¿Por qué 2012 fue “el año de DFW”?
A. Bueno, suena bien

Desde su muerte en 2008, David Foster Wallace se ha ido convirtiendo crecientemente en una estrella consolidada del firmamento literario. Quienes se ocupan de estar atentos a las modas y las variaciones incrementales podrían sin duda afirmar en retrospectiva que en 2012 se produjo “mogollón” de actividad en torno a Wallace y a los “Wallace Studies”. También en 2011, 2010, 2009 y 2008 hubo mucho que decir sobre Wallace. E imagino que 2013, 2014 y 2063 no serán muy diferentes.

Para este año [2] está prevista la publicación de al menos un libro de artículos sobre Wallace (editado por Stephen J. Burn y Marshall Boswell), varias editoriales universitarias han recibido monografías académicas sobre él como propuestas de publicación, en verano se reimprimirá Signifying Rappers, aparecerá la guía de Oblivion escrita por Greg Carlisle y también algunos otros volúmenes con material inédito de Wallace. Creo que hay una posibilidad real de que veamos aparecer también un volumen con las cartas de Wallace, un Portable David Foster Wallace y otra compilación más de relatos inéditos. Seguiremos escuchando comparaciones con el catálogo de álbumes póstumos de Tupac.

Por mucho que 2012 fuera el año de DFW, para mí fue el año de D. T . Max, pues tuve el privilegio de trabajar con Max en su biografía de Wallace, Todas las historias de amor son historias de fantasmas. En realidad contacté con él por primera vez en 2009 y dediqué buena parte de 2010 y 2011 a ayudarle con el trabajo de documentación y a conversar con él —reunidos en persona, por teléfono o email—, a comprobar datos y detallitos, a leer borradores del manuscrito, a visitar la sala de lectura del Ransom Center y otras cosas por el estilo (estoy particularmente orgulloso del capítulo de Arizona). Pero, en 2012, Max estaba verdaderamente en todas partes. Su biografía de Wallace entró en la lista de bestsellers del NYTimes, Michiko Kakutani le dedicó una reseña muy positiva y terminó señalándolo como uno de sus diez libros favoritos del año. Observar cómo un libro pasa de ser una idea a un manuscrito a todo esto es, bueno, como mínimo interesante.

BioWallaceDTMax

Así que no tengo ninguna posibilidad de mostrarme objetivo con este libro. Resulta, además, que durante toda mi vida adulta he sido un fan obsesivo de David Foster Wallace. Leí La broma infinita en 1997 y cambió por completo la forma en que veo el mundo y en que me veo a mí mismo. Desde entonces he pensado en DFW y en su trabajo casi a diario (esto también tiene que ver, en parte, con haber asumido el papel de administrador de la lista de correo wallace-i en 2002, los emails que recibo diariamente con el asunto “wallace-i” son mi devocionario y mi fandom está inextricablemente ligado al hecho de participar en esta lista con otras personas).

Cuento todo esto para explicar que no sería capaz de leer ninguna reseña o crítica de la biografía de Max como si yo fuera un observador imparcial de algo que me es ajeno; sin embargo, sí creo que soy lo bastante abierto de mente como para poder escuchar verdaderas críticas y opiniones en contra del libro. Todos los libros que se esperan con gran anticipación (como este de Max) suelen resentirse de las ambiguas expectativas que generan. ¿Qué tipo de libro debería ser una biografía de David Foster Wallace? Que quede claro desde el principio, este no es un libro para académicos (aunque creo que bastantes personas que participan de la academia se beneficiarán de su lectura). No es un libro de crítica literaria (aunque creo que contiene elementos de crítica realmente agudos y originales). No es una biografía del tipo “un día en la vida de” ni “meterse hasta la cocina” (aunque tiene la cantidad de detalles y la profundidad suficientes como para dibujar ese retrato de Wallace). Para mí, la biografía puede leerse como una versión ampliada de “The Unfinished” el retrato de Wallace y de El rey pálido que Max escribió en 2009 para el New Yorker. Aquel texto hacía justo lo que se espera de un artículo del New Yorker: la liaba. Casi todas las personas que conozco alabaron el artículo, pero a algunos de los miembros de la lista de correo les disgustó que en él se insinuara que la incapacidad de Wallace para acabar su tercera novela tuvo algo que ver con su suicidio. Como si ellos lo supieran.

Antes de 2008, la lista de correo siempre experimentaba un frenesí de actividad cuando Wallace publicaba una nueva historia o un libro nuevo. Pero recibíamos también montones de relatos de gente que asistía a sus lecturas o que había tenido algún trato personal con él. Gracias a estos últimos llegamos a saber un poquito de la vida personal de Wallace, pero no demasiado. Era una persona muy reservada y quienes le rodeaban casi siempre respetaban este deseo de privacidad. Además, por norma, Wallace solía esquivar las preguntas relativas a su pasado y, cuando se veía presionado, directamente mentía sobre su vida personal. Un ejemplo elocuente: antes de su muerte casi nadie estaba al tanto de que Wallace sufría una depresión severa ni de que tomaba medicación para combatirla. Cuando leí la biografía de Max por primera vez me quedé impresionado por la cantidad de datos de la vida de Wallace que se descubren en cada página. Aunque no fuera más que por eso, al desvelar los detalles reales de su vida y sus relaciones, D. T. Max ya habría prestado un gran servicio a los fans y a los investigadores de la obra de Wallace. No puedo dejar de insistir en ello. Hay algunos periodos de la vida de Wallace que eran zonas grises hasta para sus mejores amigos. Algunos de los críticos que han reseñado el libro de Max han dado por hecho el buen trabajo que este supone en lo tocante a la descripción de la cronología de la vida de Wallace y quiero insistir en lo difícil que ha sido gran parte de esa labor. Dar con la secuencia adecuada de los acontecimientos, con la gente adecuada en quien confiar… La verdad, en esencia, incluso en el caso de una persona cuya muerte estaba tan reciente, tardó años en desentrañarse.

II. El don

Siempre me han fascinado los artistas que sufren cierta desconexión entre el don que poseen y aquello a lo que quizás hubieran preferido dedicarse. Como, por ejemplo, los que nacen con un talento o habilidad particular que se ven obligados a aceptar y abrazar aunque no necesariamente lo disfruten. Es básicamente de lo que va El indomable Will Hunting. Will Hunting nace con una habilidad nivel genio para las matemáticas, pero aceptar realmente todo lo que supone le resulta más complicado y combate su imagen de persona diferente o especial. Existe también un viejo vídeo de Christopher Cross cantando “Sailing” que tiene que ver con este tema y que me encanta, porque de niño escuchaba esa canción y me imaginaba a un cantante como Michael McDonald o Phil Collins. Pero, en realidad, con su camiseta de los Houston Oilers, Christopher Cross tiene pinta de conductor de autobús. Nació con el don de su voz y lo emplea para cantar canciones que hablan de navegar por el paraíso. A la mierda con la narrativa estándar.

christopher-cross

Cuando se publicó La broma infinita en 1996 David Foster Wallace incendió por completo el mundo literario y en aquél momento era el epítome de lo cool. Parecía Ethan Hawke o el hermano de Kurt Cobain, y se veía que no era una pose, era auténtico. Y, además, su talento te volaba los sesos; era alta literatura de pura cepa, y un montón de personas importantes lo llamaban genio porque no se les ocurría una palabra mejor. Cada una de las novelas “literarias” largas que se han publicado después de La broma infinita vive a su sombra. ¿Es Adam Levin el nuevo David Foster Wallace? ¿Marisha Pessl? ¿Zadie Smith? ¿Eugenides? ¿Es House of Leaves tan buena como La broma infinita? ¿Cómo quedan en comparación Libertad o Witz? ¿Safran Foer? ¿Quién es la David Foster Wallace femenina? La cosa es que, en ese momento, Wallace podía haber tomado otra dirección. Podía haber salido en The Today Show o Good Morning America o haber aparecido en una valla publicitaria en Times Square. Podía haberse dado al autobombo y haberse convertido en el autor joven más famoso de América. Aunque tampoco es como si hubiera desaparecido en plan Pynchon, se las vio con su don y con su autoimagen. Pasó un mal rato en el programa de Charlie Rose y se volvió a Illinois a dar sus clases.

Gran parte del libro Although of Course You End Up Becoming Yourself, de David Lipsky, se ocupa de esta paradoja de la vida de Wallace. Lipsky es también escritor y novelista y en el libro lo tenemos charlando con el autor del momento, que acaba de conseguir lo que aparentemente todos los escritores desearían: reseñas en todas las publicaciones, la etiqueta de genio, la etiqueta de literario, buenas ventas, la envidia de todos tus iguales, una reputación… y Lipsky quiere saber cómo se siente uno con todo eso. ¿Qué es lo que se ve desde la cima de la montaña? Wallace no puede dar una respuesta satisfactoria.

Personalmente, yo casi siempre siento envidia de aquellos amigos míos que tienen más éxito y son más populares que yo, de esa gente que consigue hacer justo lo que yo sueño con hacer. Sé que está mal y que no es sano y aun así querría ser más como ellos. Me castigo por no haber conseguido más, por no ser más yo mismo, más productivo. Sé que esto solo lleva a la tristeza. En La broma infinita aparece un joven estudiante y jugador de tenis llamado LaMont Chu que desea desesperadamente convertirse en el prodigio tenístico Michael Chang. Quiere saber a qué saben el éxito y la fama y, cuando consulta a Lyle, el gurú residente de la academia de tenis, este le contesta: “Te engañas. Pero eso es una buena noticia. Has sido atrapado por el engaño de que la envidia produce un sentimiento recíproco. Crees que tu dolorosa envidia por Michael Chang tiene otra cara: a saber, que Michael Chang disfruta al ser envidiado por LaMont Chu. No existe ese animal.”

Quizás haya quienes sigan deseando ser el David Foster Wallace de 1996, con La broma infinita recién publicada, pero después de leer esta biografía, dudo que haya alguien que pueda envidiarle.

III. El sueño

La relación que establecemos con los autores que nos gustan es fundamentalmente ficción, una fantasía. Nos creamos una imagen específica de ellos en nuestra mente y dejamos que la realidad permee en ella solo de vez en cuando. En contrapartida, por su parte, el autor probablemente no te tiene nunca en la cabeza —de forma específica, individual— cuando escribe. Muy pocas personas han leído alguna vez un libro que haya sido escrito enteramente para ellos. ¿Y, para el autor, cuál es la mejor manera de pensar en el lector? Gertrude Stein dijo: “Escribo para mí y para los extraños”. Yo soy sólo otro extraño y me gustaría creer que cuando Wallace ponía su cerebro tras la pluma y se disponía a machacar en serio su cuaderno no estaba pensando ni en mí ni en ti, estaba creando Arte en Busca de la Verdad. O del Amor. O… en realidad, no sé. Aún sigo peleándome con esa cuestión de “el propósito que está en el corazón del arte”[3].

Aun después de haber leído todo lo que he podido sobre David Foster Wallace e incluso después de haber estado con él un par de veces, no hubiese podido decir cómo era él de verdad o cómo había sido su vida. Si alguna vez has conocido a un autor que te gusta mucho y has tenido esa impresión como de desconexión de la realidad en su presencia sabrás que es una sensación bastante peculiar. El tipo este en vaqueros y botas de baloncesto no puede ser la misma persona que llevas horas, meses y años construyendo en tu cabeza. Zadie Smith habló de ese mismo fenómeno en una entrevista reciente en Interview:

Interview: ¿Te sentiste abrumada por la atención [que recibió Dientes blancos]?
Zadie Smith: Voy a intentar contestar con toda honestidad. Esa cuestión tiene dos aspectos. La parte que tiene que ver con la vida pública no podía tolerarla y realmente sigo sin poder tolerarla. No puedo acostumbrarme a la idea de ser alguien irreal en la mente de otras personas. No puedo vivir mi vida de ese modo. Y, para un escritor, eso es directamente anatema. No es sano. Pero por otra parte, cuando escribo, de lo que se trata, para mí, es de hacerlo bien en la página. Todo aquel ruido no podría cambiar en lo más mínimo la sensación que me produce lo que escribo, que no es siempre particularmente positiva.

Como fan, tienes que tener en cuenta que la idea que te has hecho de un autor es irreal y que, probablemente, para ese mismo autor sea aberrante o intolerable. Toda esa atención que se dedica a la vida personal de los autores está a menudo motivada por alguna emoción negativa: los envidiosos, los fisgones (Frank Bruni llegó a cotillear en el botiquín de Wallace), los jóvenes fans hiperentusiastas, los displicentes, los de la falacia intencional. ¿Hay alguna motivación honrada para leer la biografía de un autor? Por supuesto. Pero cuando todos los que aparecen en ella, excepto el autor que constituye su tema, están aún vivos, la emoción y los sentimientos parecen estar más a flor de piel. Una vez relegados a la neblina de los tiempos, nos es posible estudiar la vida y obra de Shakespeare, de Milton, de Henry James con la postura desapegada de un historiador, con la idea de que, en gran media, estamos leyendo novela histórica.

Así que, sí, llegué a ver con mis propios ojos los andares a zancadas de Wallace, su bandana y su letra diminuta, y claro que sentía curiosidad por aquella mente capaz de crear el mundo de La broma infinita, pero no me engañaba pensando que la imagen que tenía de él fuera algo más que pura fantasía. Al imaginarlo paseándose por el recinto de la feria estatal uno de esos días calurosos de Illinois o a solas en un crucero, metido en su camarote y estudiando el panfleto oficial del barco, o incluso en Capri, asomado a un balcón mirando el mar, no tengo modo de saber si alguna de estas cosas ocurrió tal como yo las imagino. Esta biografía de David Foster Wallace podrá dar cierta forma a la impresión mental que tienes de él, pero su parte más auténtica y perdurable sigue estando ahí, en las historias que nos ha dejado.

Un año o dos después de su muerte, soñé que David Wallace había tenido hijos: un niño y una niña. Y, por algún motivo, en el sueño estoy mirando las fotos que ha publicado en Instagram (o en una versión onírica de Instagram). Voy haciendo scroll y los voy viendo crecer juntos: un bebé pelón en una trona, en los hombros de su padre, el primer día de guardería, jugando risueño en el barro, fiestas de cumpleaños, partidos de la liga infantil, a los 16, el baile de fin de curso, la ceremonia de graduación universitaria en la que se ve a los orgullosos padres muy peripuestos… y, al final, aparece una última foto de un David Wallace un poco más encanecido y arrugado que sostiene en brazos a un bebé envuelto en mantas, su nieto. Y la sonrisa que le veo en esa foto es tan simple, pura y real que ha entrado a formar parte también de mi fantasía. Y es así como yo elijo recordarle.

-Matt Bucher

Notas

[1] “No estoy hablando de soluciones políticas o acciones de carácter social convencionales. Eso no es de lo que va la ficción. La ficción trata de en qué consiste ser un puto ser humano”, es una de las grandes perlas que le soltó Wallace a Larry McCaffery en un momento de su famosa entrevista [compraos el libro y leedla aquí: Conversaciones con David Foster Wallace, Pálido Fuego, 2012]

[2] 2013 para el autor, que escribió este texto a principios de año.

[3] Matt Bucher está citando aquí otra conocida frase de Wallace en la entrevista con Larry McCaffery: “No digo que yo sea capaz de escribir sistemáticamente a partir de esa premisa, pero sí que parece que la gran diferencia entre el buen arte y el arte que es sólo regular reside en el propósito que está albergado en el corazón de ese arte, los objetivos que motivan a la conciencia que está detrás del texto. Tiene que ver con el amor. Con tener la suficiente disciplina para hablar desde la parte de ti que es capaz de amar y no desde la parte de ti que sólo quiere ser amada”.

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