Los haters son casta. Extracto de una entrevista con Dave Eggers donde no pronuncia las palabras hater ni casta

Dave Eggers es lo más parecido a un mito viviente que tiene la persona que mantiene este blog. Editor, escritor, fundador de las revistas Might, Wolphin, The Believer y McSweeney’s, y de la editorial del mismo nombre, es, sobre todo, para mi admiración, el artífice de la idea genial que sostiene el proyecto 826 Valencia y su fachada como tienda de corsarios.

En el año 2000, un joven miembro de The Harvard Advocate llamado Sami entrevistó a Dave Eggers por email. Le hizo preguntas sobre muchas cosas: sobre su recién publicado libro, Una historia conmovedora asombrosa y genial, sobre McSweeney’s, sobre su consideración de la crítica cultural y sobre los conceptos de “venderse” vs. “mantener la autenticidad”. Desde sus primeras respuestas, a Eggers se le nota visiblemente incomodado y crecientemente exasperado por el tono y los planteamientos que insinúan las preguntas del entrevistador. Su estilo se va calentando hasta que finalmente desemboca en un fantástico chorreo sobre el pobre Sami que Eggers incluye en forma de adenda a la entrevista. Esa adenda es una preciosa diatriba contra el cainismo y el espíritu hater, contra esa pulsión censora que sólo está hecha de cobardía y envidia y que, sin excepción, da como resultado un estrechamiento del mundo.

Lo que va aquí abajo es la respuesta de Eggers a una pregunta sobre las motivaciones de la crítica cultural, y parte de la adenda. La entrevista, que es larguísima, puede leerse entera aquí.

 

Número de Mono Kultur dedicado a Dave Eggers, otoño de 2010

 

DE UNA ENTREVISTA DE THE HARVARD ADVOCATE A DAVE EGGERS (2000)

[…]

Creo que la crítica, más veces de la cuenta, se pierde lo importante, sí. Lo que impulsa la crítica, y esto queda demostrado por el tono de la mayoría de tus preguntas, es la suspicacia, la duda, la intención de hacer algo trizas, de despedazarlo para ver cómo funciona. Cosa que, por supuesto, es lo más equivocado que puedes hacerle al arte. Yo antes me dedicaba a destrozar libros y exposiciones de arte durante algunos años trabajé como crítico de arte y de libros en San Francisco pero, al hacerlo, me movía un impulso compuesto de amargura, de confusión y de rabia, y no una necesidad real de ayudar o de ser edificante. Cuando denostamos el resultado de una práctica artística de cualquier tipo, o nos ponemos a harlo trizas, deberíamos examinar de verdad nuestras motivaciones. ¿Qué es lo que tiene el arte que nos pone tan furiosos? ¿Es sano dejar hecho trizas algo que ha sido creado por un artista? Yo argüiría, si se me permite, que este no es un impulso saludable del todo. […] La mayoría de las veces, la crítica sale justo del sitio contrario del que debería partir el disfrute de un libro. Para disfrutar del arte se necesitan tiempo, paciencia y un corazón generoso, y la crítica está, en líneas generales, en manos de gente impaciente que tiene cuentas que saldar.

[…]

Me has preguntado, literalmente, “¿estás tomando alguna medida para mantener la autenticidad de la movida?”. Quiero que recuerdes siempre este momento como la época en la que dichas palabras llegaron a salir de tu boca.

Ahora bien, hubo un tiempo en el que tal pregunta aunque probablemente sin el giro coloquialpodría haberse originado también en mi propio cerebro. Desde que tenía 13 años, enclaustrado en mi cuarto con aquella moqueta naranja de Lake Forest, ciudad célebremente puntera de Illinois, leyendo los primerísimos números de Spin y suscrito a The Village Voice, creía que tenía la oreja puesta en los raíles de la vanguardia americana (Laurie Anderson, por ejemplo, había vivido de niña a unos pocos kilómetros de mi casa ¡!). Estaba siempre monitoreando el grado de “vendidismo” que podía ejemplificar un artista dado –musical, visual, teatral, lo que fuera, usando para ello el aparataje más sensible y mejor calibrado. Estaba vigilante y era implacable y sabía que ese era mi trabajo.

[…]

[Hay unas normas bien claras] en el chip con el manual antivendidos que se nos implanta obligatoriamente cuando llegamos a la adolescencia. Pero este manual antivendidos sólo le es útil a la gente vaga e insignificante. A todos aquellos que se dedican a etiquetar como “vendidos” a sus antiguos héroes les mueve, primero y principalmente, una fervorosa necesidad de reducirlo todo. En general, todos y cada uno de nosotros engullidores de un flujo constante de medios diversos estamos completamente sobrepasados –y no puede ser de otra forma por el mero volumen de creaciones artísticas que podemos encontrar en cada uno de los medios imaginables que se lanzan al mundo cada día es directamente demasiado para que podamos siquiera empezar a procesar o a comprender tal volumen de cosas–, así que nos vemos obligados a intentar clasificarlo, reducirlo. Designamos, etiquetamos, empequeñecemos, creamos jerarquías y categorías.

Echando mano de, en gran parte, la opinión generalizada, tachamos de la lista el nuevo álbum de Tom Waits porque es más de lo mismo, y de paso nos ahorramos 15 dólares. U2 han perdido su gracia, Radiohead se han hecho demasiado populares. La música country es mala, Puff Daddy es malo, el último libro de Wallace era malo porque lo dijo el crítico aquél. Hemos decidido que toda la tele es mala, menos Los Soprano. Nos gustaron Rick Moody, Jonathan Lethem y Jeffrey Eugenides hasta que un día dejaron que se hicieran pelis de sus libros. Y así con todo. La cuestión es que hacemos todo esto y hasta cierto punto debemos hacerlo. Debemos crear categorías y, en cierta medida, jerarquías.

Pero ¿sabes qué es lo más fácil de todo? Ponerse desdeñosos.

Qué gloriosamente reconfortante resulta poder tachar a alguien de la lista. Así, en el panteón abarrotado de las bandas de rock alternativo, en un momento dado a un tipo de gente le pareció necesario tachar a los Flaming Lips, a pesar de que todo el mundo supiera sin sombra de duda que su música es espléndida, revolucionaria y auténtica. Podíamos tacharlos porque habían compartido unos minutos con Jason Priestley y con esa persona terrorífica llamada Tori Spelling [en un capítulo de Sensación de Vivir]. O podíamos tacharlos porque ya han hablado de ellos demasiadas revistas. O porque quizás parezca que el bajista lleva demasiada gomina.

Una cosa menos por la que preocuparse. Y ahora ¿cómo matar al resto de nuestros héroes para hacer sitio a los nuevos?

Nos gustaron Guided by Voices hasta que dejaron que Ric Ocasek produjera su último álbum, pues todo el mundo sabe que Ocasek es un vendido y que a finales de los 80 escribió todas aquellas canciones pastelosas de los Cars y después ¡glups! produjo el álbum de Weezer y por supuesto Weezer, fatal, porque The Sweater Song no paraba de sonar por la radio, ¿verdad?, y la cantaban las chavalinas adolescentes y eso no podemos tolerarlo, así que Weezer fatal y Ocasek fatal y Guided by Voices fatal, aunque Spike Jonze dirigiera aquel vídeo de Weezer y aunque nos guste Spike Jonze. Spike Jonze nos gusta, ¿no?

Ah, no. No nos gusta. Ya no nos gusta porque está casado con Sofia Coppola y Sofia no mola nada. No mola. Qué mal en El Padrino 3, vaya nepotismo. Así que tachemos de la lista a Spike Jonze, y dejemos espacio en nuestro cerebro para… ¿quién?

Es agotador.

Lo único peor que este tipo de ocupación es cuando la gente, tanto estudiantes como profesores, va por todo el campus tildándose unos a otros de racistas o antisemitas. Todo eso nace del puro aburrimiento y de la lasitud. Demasiada cobardía como para abordar los problemas sustantivos allá donde están esos problemas, arañamos a quienes tenemos más cerca. Señalamos a nuestro vecino, el de los pantalones chinos y sudadera, y ponemos el grito en el cielo. Es ridículo. Buscamos enemigos entre nuestros colegas porque son a quienes mejor conocemos y porque su proximidad y familiaridad significan que ni siquiera tenemos que levantarnos del sofá para desarmarlos.

[…]

Apoteosis Flaming Lips

Apoteosis Flaming Lips

La cosa es que a mí lo que me gusta de verdad es decir que sí. Me gustan las cosas nuevas, los proyectos nuevos, los planes, juntar a la gente para que haga cosas, probar cosas aunque sean ñoñas o idiotas. No se me da bien decir que no. Y tampoco suelo llevarme bien con la gente que está siempre diciendo que no. Cuando te mueras, y podría ser realmente esta misma tarde […] no te va a gustar nada haber dicho que no. Te vas a tirar de los pelos por todos los noes que has dicho en tu vida. No a aquella oportunidad, no a aquél viaje a Nueva Escocia, no a aquella noche de juerga o no a aquel proyecto o no a aquella persona que quería quitarse la ropa contigo pero a ti te preocupaba lo que iban a decir tus amigos.

“No” es para flojos. “No” es para cobardes. “No” significa vivir una vida insignificante y amargada, acariciando todas aquellas oportunidades que perdiste porque temías que quizás emitieran el mensaje equivocado.

Hay un momento en la vida en el que uno se preocupa por cosas como venderse o no venderse. Y se preocupa por si ponerse una camisa determinada significa estar en la onda o no, o por si tener determinados discos en su colección de música lo convierte a uno en alguien impresionante o no.

Afortunadamente, para algunos, todo esto pasa. Yo estoy aquí para decirte que hace pocos años conseguí encontrar la salida de esa maraña de incesante comparativismo, suspicacias y juicios. Y se siente uno bien. Porque al final a nadie le va a importar una mierda quién ha mantenido la “autenticidad” de la movida salvo a esas dos o tres personas que enclaustradas en sus apartamentos, amargadas, reconcomiéndose se creen las encargadas de vigilar estas cosas. Esto de la autenticidad le preocupa a algunas personas, pero a mí no. Todo eso tiene que ver con la moda y a mí la moda no me gusta nada, porque es trivial, no importa.

Lo que importa es que hagas un buen trabajo. Lo que importa es que produzcas cosas que sean verdaderas y que permanezcan. Lo que importa es que el nuevo álbum de los Flaming Lips es deslumbrante y que ya lo he escuchado mil veces, algunos días en loop sin parar, y que me enriquece y me da ganas de salvar a la gente. Lo que importa es ese álbum que permanecerá para siempre, mucho después de que cualquier cascarrabias de corazón estrecho haya olvidado su aparición en el maldito Sensación de Vivir.

Lo que importa no es la percepción ni la moda, ni quién está arriba y quién mola y quién no, sino lo que ese alguien ha hecho y si lo ha hecho sinceramente. Lo que importa es que quieras ver y hacer y producir cosas, en una escala tan majestuosa como quieras, sin importarte lo que digan las voces insignificantes de las personas insignificantes.

No seáis críticos, gente, os lo ruego. Yo era un criticón y desearía poder retirarlo todo, porque me salía de un lugar hediondo e ignorante, y se expresaba con una vocecita que era pura rabia y envidia. No desdeñéis un libro hasta que no hayáis escrito uno, y no desdeñeis una película hasta que no hayáis hecho una, y no desdeñéis a una persona hasta que la hayáis conocido. Mantener la mente abierta y mostrarse generoso y comprensivo y benévolo y bien dispuesto es un puto trabajazo, pero santo dios, eso es lo que importa. Lo que importa es decir que sí.

[] 

 

NOTA: Como suele ocurrir, esto no se queda aquí. La respuesta al chorreo de Eggers tardó en llegar, pero llegó. Trece años más tarde Tom Scoca, editor de Gawker, escribió un artículo, polémico y problemático, en contra de este llamado a la benevolencia de Eggers en el que afirmaba que estas apelaciones a la concordia son la última herramienta que emplean los sectores privilegiados de la cultura para anular el ejercicio de la crítica y sofocar los calores del disenso. Siga la conversación por aquí.

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