TRINCHERAS ÉTICAS DE HIPSTERS Y CULTURETAS. POR EUDALD ESPLUGA

Me topé con el nombre de Eudald Espluga por primera vez hace algo más de un año a través de la revista Núvol. Yo había perdido la fe en la humanidad y en las posibilidades de su salvación después de haber visto el anuncio que ese año había rodado la agencia Villar-Rosàs para la campaña “Mediterráneamente” de Estrella Damm. Además, el jurado de los premios Laus acababa de otorgar un oro a la campaña de *S,C,P,F… para Banc Sabadell, una campaña que –más allá de su ética bastante cafre– había conseguido despertar la hostilidad del 99% de los habitantes de Barcelona, a quienes, por otra parte, pretendía seducir. Un primor, vamos. Y mis intentos de conversar sobre todo esto con los miembros de los gremios del diseño y la publicidad que habitualmente me rodean habían sido un desastre total. La resitencia de dichos gremios a aceptar que la materia de la que está hecho su trabajo no es el embellecimiento, la decoración ni el marketing, sino el puro y duro enmarcamiento cognitivo es uno de los principales frentes de batalla para la cultura del siglo XXI, me parece a mí. Pero volvamos a Eudald. Así de deprimida estaba cuando me encontré en la revista Núvol su ensayo, escrito a cuatro manos junto a Damià Bardera, Mediterròniament. El ensayo, tal como lo describían en la propia Núvol, es “una anàlisi implacable que posa de manifest que l’èxit d’aquests anuncis ens dóna la clau hermenèutica per comprendre la deriva cultural del país en l’última dècada”. Lo leí y flipé y me sobrevino esa paz que da ver puestas en palabras y ordenadas las confusas intuiciones (y el malestar) de una y mi alma pudo, por fin, descansar, y desde entonces soy fan de Eudald. Por eso, cuando el martes pasado publicó, de nuevo en Núvol, su lectura del muy disputado libro Indies, hipsters y gafapastas, de Víctor Lenore, tampoco me extrañó nada comprobar que compartía sus reflexiones casi punto por punto. Así que le pedí que me dejara traducir su artículo al castellano y publicarlo en este blog. Y aquí va. Esta lectura que hace Eudald tiene la virtud de ser tan crítica y discrepante como prudente, refexiva y cautelosa. Eso es lo que la hace necesaria. Las fotos que acompañan al artículo no están en el artículo original, son parte de mi propia lectura crítica el libro.

 

Pulp meets 15M. Acción en el Primavera Sound del 2011.

Pulp meets 15M. Acción en el Primavera Sound del 2011. Jarvis Cocker vio nuestra pancarta, se pronunció desde el escenario contra el desalojo de Plaza de Catalunya ocurrido esa misma mañana, en el que dicho sea de paso algunos de los asistentes al festival habíamos estado resistiendo, y nos dedicó Common People a los indignados españoles. Gracias, Jarvis. El señor que la porta es un barbudo gafapasta.

TRINCHERAS ÉTICAS DE HIPSTERS Y CULTURETAS

Eudald Espluga

Simplificando mucho, diremos que el libro presenta una enmienda a la totalidad del entramado cultural del “ser moderno”, en la medida que constituye una propuesta conformista (y en muchos casos reaccionaria), colaboracionista con las peores derivas del consumismo hedonista, individualista, racista, cínico-elitista (y, por lo tanto, clasista), inconsciente y políticamente inmovilista. Se trata de un diagnóstico que pretende recoger el legado de autores como Thomas Frank, quien en La conquista de lo cool trazaba un retrato robot muy perfilado —menos maniqueo que el de Lenore— de la imbricación originaria de la contracultura norteamericana y la reorganización del consumo identitario del capitalismo postindustrial.

A diferencia de trabajos como Rebelarse vende, de Potters y Heath, que tejen un relato tan nostálgico como apocalíptico de la forma en que la contracultura habría traicionado sus ideales —o de cómo esta nacía ya mercantilizada bajo un engañoso paraguas de antiautoritarismo—, el acierto de Thomas Frank está en advertir que algunos de los conceptos que la juventud revolucionaria reivindicaba sinceramente fueron adoptados, ¡también sinceramente!, por las agencias de publicidad de Madison Avenue. Esta visión conecta directamente con el brillante análisis sociológico que hacen Ève Chiapello y Luc Boltanski en El nuevo espíritu del capitalismo: lo que ahora conocemos como nuevos modos de gestión empresarial, el famoso management de los liderazgos transformacionales y la colonización emocional de los imperativos de eficiencia, es el resultado de un intento de renovación real de la esfera empresarial, en ningún caso de una macroestrategia maquiavélica y lampedusiana para revertir las relaciones de dominación apropiándose hegemónicamente de los conceptos contraculturales.

Cuento todo esto para centrar la discusión en la que se inserta el libro de Lenore. Como señala nada más empezar, el autor no pretende acusar a los coolturetas —concepto satírico popularizado por Moderna de Pueblo/Raquel Córcoles— de ser el eslabón perdido de la cadena de causas que han llevado a la decadencia de occidente. Entiendo, más bien, que el libro pretende ser en sí mismo una forma de activismo, una denuncia frontal de un sistema industrial que ha dejado aislada a la cultura en una burbuja aséptica. Es una crítica indiscriminada a una hegemonía social —indiscriminada en la medida que mete a Alaska y David Foster Wallace en un mismo saco— que generará un fuerte rechazo social y a la que todo el mundo hará matizaciones. De hecho, eso mismo es lo que yo me dispongo a hacer aquí.

Pero quiero dejar claro, también, que el hecho de proponer una enmienda a la totalidad no me parece ni un error conceptual ni una falta de precisión; no me lo parece, básicamente, porque Lenore no se propone denunciar tanto unas obras particulares y a unas personas concretas, como el sistema de circulación y apropiación de esta cultura. Además, como él mismo demuestra con múltiples ejemplos, la cultura dominante nunca es objeto de matizaciones, de forma que esta denuncia pública era más que necesaria.

Libros que son metapromociones

En El Cultural, Daniel Arjona comenzaba su entrevista a Victor Lenore anunciando que el mayor peligro de Indies, hipsters y gafapastas es la posibilidad de que genere falsos positivos: «y es que el despistado barbudo con gafas de pasta que se tope cono la portada del libro en su librería/vinoteca preferida podría perfectamente llevarse a casa lo que a primera vista parece un libro moderno en toda regla y en realidad es un despiadado corrosivo de la mentalidad hipster». Pero si bien es cierto que el libro puede convertirse en un caballo de Troya y traspasar las barreras enemigas, duplicando así su efecto por el hecho de no ser leído únicamente por antimodernos convencidos, también es verdad que puede considerarse que el libro de Lenore se inscribe en la misma lógica cultural contra la que pretende rebelarse.

De entrada, lo hace en un sentido banal, a saber: se introduce en el magma discursivo sobre el papel sociopolítico de los hipsters, un género que se consume endogámicamente dentro de los mismos círculos de modernos. Por ejemplo, se cita la revista PlayGround —con la que ha colaborado Lenore y también quien escribe estas líneas— como ejemplo de magazine cultural que contribuye a la perpetuación de la cultura indie dominante; pero PlayGround fue probablemente una de las revistas pioneras en ocuparse de la cultura hipster desde una perspectiva de clase, sobre todo con los artículos de Antonio J. Rodríguez. ¿Tenemos que creer, entonces, que Lenore se sitúa ahora en una perspectiva exógena, tras haberse desenganchado de la adicción ideológica gafapasta equiparada directamente a una droga, o bien que reconoce la existencia de cierta reflexividad política en el entramado de esta cultura de la que también Indies, hipsters y gafapastas formaría parte?

Momento de liberación cognitiva de Megan Draper observando la revolución televisada de las protestas contra la Convención Nacional Demócrata en Chicago en 1968

Momento de liberación cognitiva de Megan Draper, moderna y ye-yé, observando la revolución televisada de las protestas contra la Convención Nacional Demócrata de Chicago en 1968

Hablo de “metapromoción”, pues, en el sentido que le da Richard Rorty para referirse a los libros de Jean Baudrillard o Frederic Jameson, esto es, como textos que “estimulan el mismo proceso promocional que los medios, y que esperan poder determinar nuestro destino cultural examinando las entrañas de nuestras revistas. Los lectores de tales libros se preguntan si el último edificio, programa de televisión, anuncio, grupo de rock o currículum son apropiadamente posmodernos o más bien guardan todavía trazas de la mera modernidad”. Por supuesto, Rorty connota negativamente esta ocupación, propia de la tradición académica de los estudios culturales, menospreciando la “filosofía de los sucesos corrientes”, como lo denominaba Vincent Descombes.

Lo que me suscita dudas de la lectura de Lenore es la razón por la que la crítica cultural postmarxista, de Jameson a Zizek, queda excluida de la escabechina general, y sin embargo Fernández Porta recibe de lo lindo. ¿No participan todos de los mismos circuitos de distribución y se sirven de tácticas de marketing similares? ¿No se ocupan todos de analizar idénticos fenómenos culturales, incluso con una retórica satírica parecida? Me parece como mínimo arbitrario considerar que Eloy Fernández Porta ha sido fagocitado por el mercado y citar, inmediatamente después, a Slavoj Zizek —burbuja cultureta por excelencia— como referente teórico.

El problema es que, más allá de las intenciones más o menos mercantilistas de cada personaje, es difícil escapar al tipo de consumo cultural que Lenore considera pernicioso. Probablemente quien mejor ha expresado esta idea sea Don DeLillo, en su novela Cosmópolis, cuando los protagonistas reflexionan sobre la idea de la destrucción creativa y su relación con el capitalismo mientras contemplan a un monje quemándose a lo bonzo: ¿es posible que las críticas al mercado no puedan hacer otra cosa que alimentar su propia dinámica? ¿Cómo debemos interpretar el hecho de que los libros de Lipovetsky o Bauman sobre el hiperconsumismo se conviertan en best sellers que podemos comprar en El Corte Inglés? ¿No se han transformado las pintadas parias de Banksy en una marca?

Si la etiqueta de cultureta gafapasta se extiende hasta este tipo de consideraciones, creo que tampoco el libro de Lenore puede librarse de la misma calificación. No obstante, en contra de la opinión de Rorty, creo que el carácter metapromocional de estas obras no es una cualidad intrínseca de las mismas. Que el mercado sea capaz de apropiarse de las críticas al capitalismo para generar mayor volumen de capital no es algo de lo que se pueda culpar a Jameson o a Bauman. Ni tampoco el hecho de que dichas críticas se consuman de forma narcisista para calmar conciencias sin que ello revierta en un comportamiento cívico en la esfera pública. Lo mismo puede aplicarse, pues, a los libros de Fernández Porta y a Indies, hipsters y gafapastas.

Es muy posible que Arjona tuviera razón y este sea el primer libro de Capitán Swing que acabe a los estantes de algún barbudo inconsciente, que no por ello cambiará su estilo de vida. No obstante, la discusión pública que habrá alimentado —discusión que esta misma reseña engorda— ya es algo socialmente valioso. Cómo lo es también la reflexión sobre los códigos emocionales de Fernández Porta y tantos otros productos formalmente coolturetas.

Los hipsters también pueden ser una buena compañía

Siempre acabo citando a Wayne Booth y su interpretación política de la crítica literaria, pero me parece especialmente acertado traerlo aquí a colación, puesto que Booth distingue entre la interpretación esteticista de una novela y su lectura en clave ética, y considera que un texto no resulta políticamente significativo únicamente por el tema y la forma que escoge, sino también por los valores y las capacidades imaginativas que reclama. En esta misma línea se sitúa Martha Nussbaum, que desde que publicó Justicia poética se ha dedicado a reclamar el valor de la imaginación como un activo político que nos ayuda a ampliar nuestros círculos de fraternidad: el ejercicio mental que nos piden ciertas novelas nos ayuda a contemplar personas que antes consideraban diferentes —sujetos que identificábamos con el Otro radical— como individuos con quienes compartimos una serie de intereses vitales y perspectivas culturales. En otras palabras, y volviendo a la terminología de Booth: hay libros que son buenas compañías —en la medida en que nos amplían el horizonte de acción política y de identificación ética— y otros que no —en la medida en que hacen todo lo contrario.

Hazte indieflauta. Hay en mis gafas trazas de pasta jacobina.

Hágase indieflauta. Hay en mis gafas trazas de pasta jacobina.

Asimismo, no me parece acertado mezclar las convicciones políticas de los creadores con el valor político de la obra, a menos que queramos regresar a una hermenéutica propia del romanticismo. Es posible que estos dos polos, opinión del autor y valor de la obra, coincidan, pero también es posible que no. Por eso, no tiene ningún sentido decir que David Foster Wallace votaba al Partido Republicano* para justificar el carácter conservador de sus textos. Sí que sería acertado, en cambio, afirmar que La broma infinita, por ejemplo, fomenta un comportamiento narcisista o que “Esto es el agua es un canto al individualismo del do it yourself.

El problema es que la literatura de David Foster Wallace puede leerse precisamente como una impugnación del individualismo, el narcisismo y la ironía. De hecho, creo que esa es la interpretación correcta. Sólo hay que acercarse a las entrevistas publicadas en Conversaciones con David Foster Wallace o a su ensayo E Unibus Pluram. Sobre la televisión y la literatura norteamericana, para darse cuenta del fuerte impulso humanista presente en la obra de Wallace. En este sentido, la recreación de subjetividades que son hiperconscientes de su individualidad y se encuentran atrapadas por los engranajes del hedonismo estructural o aplastadas por la losa de la ironía, debe leerse como una interpelación que llama a preguntarse por las disfunciones estructurales que ese individualismo desbocado está generando.

Pero lo mismo puede pasar a la inversa. Lenore combate la violencia de clase que hace que, automáticamente, todo producto popular sea sospechoso de mala compañía. No obstante, al combatir este estereotipo, se corre el riesgo de caer en el proceso inverso, y que todo producto popular sea éticamente válido por el simple hecho de ser popular. Por ejemplo, en la entrevista que ha concedido a PlayGround, Lenore cita el caso de Cincuenta sombras de Grey, recuperando un artículo de Belén Gopegui en el que se destaca el valor cultural de proponer masivamente nuevas formas de placer, de hablar abiertamente del clítoris, etc. Pero si analizamos el libro con más profundidad, ayudados por el último ensayo que Katz Editores ha traducido a Eva Illouz, Erotismo de autoayuda. Cincuenta sombras de Grey y el nuevo orden romántico, podemos verlo como partícipe de la cultura de la autoayuda, esto es, como un texto que está proponiendo una codificación emocional que compromete a los individuos con unos principios éticos ligados a la cultura de la eficiencia, el individualismo y la autosuficiencia. Nada más lejos de la emancipación política que Lenore busca en la cultura.

Ampliación del campo de batalla

Todo esto no quería ser una crítica, sino una invitación a conjuntar Indies, hipsters y gafapastas con las novelas de David Foster Wallace o los ensayos de Eloy Fernández Porta para repensar el sentido de la apropiación —y no simplemente consumo— de los productos culturales.

Del mismo modo que Thomas Frank reconoce que no se puede considerar que todo el nuevo modelo empresarial que nació en los años 60 fuera una mera escenificación para conquistar mayores cotas de dominación sobre los trabajadores y los consumidores, creo que sería equivocado polarizar la cultura hispter, gafapasta y cooltureta como una realidad homogénea que fagocita el valor político de cualquier obra que orbite en su galaxia. Equivocado, digo, no porque Lenore incurra en un error conceptual, sino por la omisión de cierto contenido susceptible de ser tratado políticamente: perdemos por el camino el innegable valor ético y social del universo wallaciano, por ejemplo, o el potencial crítico y hermenéutico de los libros de Eloy Fernández Porta.

* [Nota de la T.] He intentado resistirme a este impulso porque el tema en discusión no es Wallace, lo sé, pero no lo he conseguido. No puedo evitar señalar que esta afirmación sobre la orientación de voto de David Foster Wallace es como mínimo matizable. Wallace votó a Reagan una vez, no está claro si en el 80 (con 18 años) o en el 84 (con 22). En las primarias de Illinois del 2000 votó por el demócrata Bill Bradley (ex jugador de baloncesto de la NBA, por cierto). Fue un crítico ferviente del gobierno de Bush hijo y en 2003 declaró en la revista The Believer: “Soy, actualmente, un partisano. Peor aún: siento una antipatía tan visceral y total por la administración actual que creo que no soy capaz de hablar o escribir de una forma justa o matizada acerca de ella […] Mi plan para los próximos catorce meses es dedicarme a llamar a puertas y a ensobrar propaganda. Quizás incluso me ponga una chapa. Intentaré unirme a otros hasta formar una masa demográfica significativa”. Cuando Bush fue reelegido, en 2004, Wallace y su mujer, la artista Karen Green, valoraron la idea de abandonar Estados Unidos. Y en 2008, antes de morir, estuvo considerando la posibilidad de ofrecerse como escritor de discursos para Obama. Imaginad lo que hubiera sido eso.

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